No vivo entre dos mundos. Vivo donde ambos se encuentran
Soraya Mohamedi Mohamed · Psicóloga · Orientadora sociolaboral · Especialista en interculturalidad y procesos migratorios
No vivo entre dos mundos enfrentados. Vivo en el espacio donde ambos se encuentran.
Hubo un tiempo en el que intentaba encontrar un lugar donde sentir que pertenecía. En España, muchas veces me hicieron sentir que era «la marroquí». Bastaban mi apellido, mis rasgos o mi historia familiar para que, antes de conocerme, alguien decidiera que yo no era completamente de aquí. Con los años descubrí que la experiencia podía repetirse al otro lado del Mediterráneo. En Marruecos, para algunas personas, ya era «la española». Como si haber construido mi vida en otro país hubiera borrado una parte de mis raíces.
Dejar de tener que demostrar algo
Durante mucho tiempo pensé que tenía que demostrar algo. Explicar quién era. Convencer a unos de que también era española y a otros de que seguía siendo marroquí. Hoy ya no siento esa necesidad. He comprendido que la identidad no necesita ser validada por quienes solo saben entender el mundo en categorías cerradas. No soy menos española por conservar mis raíces. Tampoco soy menos marroquí por haber crecido entre dos culturas. Con el tiempo entendí que no vivo entre dos mundos enfrentados. Vivo en el espacio donde ambos se encuentran.
Qué significa ser bicultural
Fue entonces cuando descubrí el concepto de biculturalidad. Una persona bicultural es aquella que ha integrado dos culturas en su forma de entender el mundo y de entenderse a sí misma. No significa tener que elegir entre una identidad u otra, sino construir una identidad propia enriquecida por ambas.
Las personas biculturales somos puentes naturales. Unimos lo que, para otros, parece irreconciliable. Comprendemos códigos, lenguajes, costumbres y maneras de interpretar la realidad que, en ocasiones, se perciben como opuestas. No porque seamos personas extraordinarias, sino porque nuestra propia historia nos ha enseñado a convivir con esa diversidad.
Ser bicultural no significa vivir dividido. Significa aprender a integrar. Allí donde otros ven fronteras, nosotros podemos ver espacios de encuentro. Donde algunos encuentran distancia, nosotros reconocemos similitudes. Esa capacidad no elimina los conflictos ni las diferencias, pero sí facilita el diálogo, la comprensión y la convivencia.
No todas las personas migrantes son biculturales
A menudo se da por hecho que todas las personas inmigrantes o todos los hijos e hijas de inmigrantes son biculturales. Sin embargo, no siempre es así. La biculturalidad no depende únicamente del lugar donde nacieron nuestros padres ni del hecho de haber migrado. Se construye a través de la experiencia: del idioma que hablamos, de las relaciones que establecemos, de las costumbres que hacemos nuestras y de cómo ambas culturas van formando parte de nuestra identidad.
Hay personas migrantes que mantienen principalmente la cultura de origen. Otras incorporan también la del país donde viven. Del mismo modo, hay hijos e hijas de inmigrantes que crecen identificándose casi exclusivamente con una cultura y otros que desarrollan un profundo sentimiento de pertenencia hacia ambas. No existe una única manera de ser bicultural. Cada historia es diferente.
Puentes entre personas, comunidades y culturas
Quizá por eso las personas biculturales podemos contribuir a acercar personas, comunidades y culturas. No solo traducimos idiomas; muchas veces también ayudamos a interpretar valores, formas de comunicarse y maneras distintas de entender la vida. En sociedades cada vez más diversas, esa mirada puede convertirse en un recurso valioso para generar confianza y favorecer la convivencia.
Un ejemplo muy sencillo: España-Marruecos
Hay un ejemplo muy sencillo que resume cómo vivo esa realidad. Cuando España y Marruecos juegan un partido de fútbol, muchas personas me preguntan con quién voy. Como si fuera obligatorio elegir. Y la verdad es que no elijo. Quiero que gane quien mejor juegue ese día. Si gana España, me alegro. Si gana Marruecos, también. Y si pierde cualquiera de los dos, siento esa pequeña tristeza que aparece cuando algo que también forma parte de ti no ha salido bien.
Durante mucho tiempo pensé que esa forma de sentir era una contradicción. Hoy la vivo como un privilegio. No necesito renunciar a un país para querer al otro. Mi identidad tiene espacio para ambos, para sus historias, sus culturas, sus aciertos y también sus contradicciones.
Pertenecer sin pedir permiso
Quizá nunca consiga que todo el mundo me vea de la misma manera. Y está bien. Porque pertenecer no depende únicamente de la mirada de los demás. También depende de dejar de pedir permiso para ser quien uno es. Hoy sé que no necesito elegir entre una parte de mí y otra. Mi identidad no es una contradicción; es una suma. No soy mitad de nada. Soy completamente ambas cosas.
Y si algo he aprendido en este camino es que las personas biculturales no estamos destinadas a vivir entre dos orillas, sino a conectar ambas. A demostrar que es posible querer dos culturas sin que una reste valor a la otra. A recordar que la diversidad no tiene por qué separar; también puede acercar. Porque, a veces, el lugar al que pertenecemos no está en un solo país. Está, precisamente, en el puente que somos capaces de construir entre los dos.
Soraya Mohamedi Mohamed · Psicóloga · Orientadora sociolaboral · Especialista en interculturalidad y procesos migratorios
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