¿Cuándo se deja de ser inmigrante?
Soraya Mohamedi Mohamed · Presidenta de Ubuntu Canarias
Hay preguntas que parecen sencillas hasta que intentamos responderlas. Una de ellas es: ¿cuándo deja una persona de ser inmigrante?
La respuesta jurídica es relativamente clara. Una persona puede adquirir la nacionalidad del país donde reside y dejar de ser extranjera desde el punto de vista legal. A partir de ese momento tendrá, con carácter general, los mismos derechos y deberes que cualquier otro ciudadano.
Sin embargo, la realidad social no siempre sigue el mismo camino.
Muchas personas nacionalizadas españolas continúan siendo identificadas como inmigrantes años después. A veces ocurre por su nombre, por su apellido, por su acento o simplemente por su aspecto físico. Otras veces basta una pregunta aparentemente inocente:
—¿De dónde eres?
La persona responde: —De Las Palmas.
Y llega una segunda pregunta: —No, ¿de dónde eres realmente?
Detrás de esa conversación cotidiana hay algo más profundo que la curiosidad. Hay una determinada manera de entender la identidad.
La diferencia entre ser inmigrante y ser percibido como inmigrante
Migrar es un hecho. Es una experiencia que forma parte de la biografía de una persona.
Quien nació en Marruecos y más tarde se estableció en España siempre habrá vivido un proceso migratorio, aunque con el tiempo obtenga la nacionalidad española. Eso no significa que siga siendo extranjera. Significa que la migración forma parte de su historia.
El problema aparece cuando esa experiencia acaba convirtiéndose en una etiqueta permanente.
Hay personas que, incluso después de muchos años viviendo en España, sienten que continúan siendo vistas únicamente desde su origen. No importa cuánto tiempo haya pasado. No importa si estudiaron aquí, trabajan aquí o han formado aquí su familia. Para algunos seguirán siendo "el inmigrante".
¿Y qué ocurre con quienes nacieron en España?
La situación puede resultar todavía más compleja para los hijos de personas inmigrantes.
Muchos nacieron en España. Su lengua habitual es el español. Han estudiado en colegios españoles. Sus recuerdos de infancia pertenecen a este país.
Sin embargo, con frecuencia siguen respondiendo preguntas sobre un lugar donde quizá nunca han vivido. Al mismo tiempo, cuando visitan el país de origen de sus padres, descubren que allí también son vistos como diferentes.
En Marruecos no siempre son "el marroquí". Con frecuencia pasan a ser "el español". O "el europeo".
Es una paradoja que muchas personas biculturales conocen bien. En un lugar son demasiado marroquíes. En otro parecen demasiado españoles.
La identidad no siempre cabe en una sola palabra
Estamos acostumbrados a clasificar. Nos resulta cómodo pensar que una persona pertenece únicamente a un lugar. Pero la realidad suele ser bastante más rica.
Hay personas que han construido su vida entre dos países. Hablan dos idiomas. Celebran tradiciones distintas. Mantienen vínculos familiares en ambos lugares. Su historia no empieza y termina en una sola frontera.
Eso no significa vivir dividido. Significa haber construido una identidad en la que conviven distintas referencias culturales.
La biculturalidad no consiste en elegir entre dos partes de uno mismo. Consiste, muchas veces, en aprender a convivir con ambas.
Cuando la mirada de los demás pesa más que un documento
La nacionalidad resuelve cuestiones jurídicas. La percepción social funciona de otra manera.
Una persona puede tener un documento nacional de identidad español y seguir escuchando que "no parece española". Otra puede conservar la nacionalidad marroquí y escuchar en Marruecos que ya piensa "como una europea".
Ninguna de esas afirmaciones cambia quién es realmente esa persona. Lo que cambia es la mirada de quien la observa.
Y esa diferencia merece ser tenida en cuenta cuando hablamos de integración. Porque integrarse no depende únicamente del esfuerzo de quien llega. También depende de la capacidad de una sociedad para reconocer la diversidad de las trayectorias personales.
Más allá de las etiquetas
Durante años, el debate sobre migraciones se ha centrado principalmente en cuestiones administrativas: permisos de residencia, nacionalidad, arraigo o protección internacional. Son cuestiones importantes. Pero no son las únicas.
La experiencia migratoria también plantea preguntas sobre la identidad, el sentimiento de pertenencia y la manera en que las personas son reconocidas por la sociedad.
Son aspectos menos visibles. No aparecen en los expedientes administrativos. Sin embargo, forman parte de la vida cotidiana de muchas personas.
Una identidad que puede ser múltiple
Con frecuencia hablamos de la identidad como si hubiera que elegir. ¿Eres marroquí o español? ¿Eres de aquí o de allí? Quizá la pregunta esté mal planteada.
Hay personas que son plenamente españolas y mantienen un vínculo profundo con Marruecos. Otras conservan su nacionalidad de origen y han construido en España la mayor parte de su proyecto de vida.
No todas las historias son iguales. No todas las personas viven la biculturalidad de la misma manera. Precisamente por eso conviene evitar respuestas demasiado simples.
Pensar la migración desde otra perspectiva
Cuando hablamos de migraciones solemos fijarnos en el momento de la llegada. Mucho menos en todo lo que viene después.
La adaptación, el empleo, las relaciones sociales, la construcción de un proyecto de vida y el sentimiento de pertenencia también forman parte del proceso migratorio.
Comprender esa dimensión humana no significa dejar de lado el marco jurídico. Significa reconocer que detrás de cada expediente administrativo hay una historia que no siempre cabe en una categoría.
— Soraya Mohamedi Mohamed · Presidenta de Ubuntu Canarias
Enlace copiado y hemos abierto Instagram: solo tienes que pegarlo en tu historia o publicación.
¿Necesitas hablar con alguien sobre tu proceso migratorio, tu identidad o tu sentido de pertenencia?
Pedir apoyo psicosocial