¿Cuánto cuesta una vida y por qué nos quedamos?
Soraya Mohamedi · Coordinadora del área de empleo de Ubuntu Canarias · 12 min de lectura · Publicado el 2 de noviembre de 2026
La historia de quienes emigran. Una vida, un viaje, demasiadas fronteras.
Quiero contar esta historia desde dentro. No desde las cifras, las estadísticas, los discursos políticos ni las imágenes de pateras que vemos en las noticias. Quiero contarla desde la piel de quien se marcha, desde lo que siente, lo que pierde, lo que teme y lo que nadie le pregunta.
Porque emigrar no empieza cuando una persona cruza una frontera. Empieza mucho antes. A veces empieza con una despedida que nunca se llega a pronunciar, con una habitación que se abandona, con una madre que intenta sonreír para no llorar, con unos hijos a los que se promete volver pronto.
Empieza cuando quedarse comienza a doler más que marcharse.
Porque nadie abandona todo lo que conoce sin una razón. Nadie deja atrás a su familia, su lengua, sus costumbres, sus recuerdos y su historia sin que algo le empuje a hacerlo.
A veces no me marcho porque quiera conocer otros lugares. Me marcho porque ya no encuentro un lugar donde poder vivir.
Antes de partir, ya he perdido muchas cosas. He perdido la tranquilidad de saber qué será de mí mañana. He perdido oportunidades, seguridad, proyectos y, a veces, hasta la posibilidad de imaginar un futuro.
Quizá he perdido a alguien en una guerra, en una travesía, en una enfermedad que no pude atender o simplemente en el tiempo que pasa mientras intento sobrevivir.
Y, aun así, marcharme no es fácil.
¿Qué siento cuando preparo mi salida? ¿Cómo se explica el dolor de dejar a quienes quiero? ¿Cómo se mete una vida entera en una maleta? ¿Qué hago con los recuerdos que no caben en ella?
Me voy con miedo, pero también con esperanza. Con incertidumbre, pero con la necesidad de creer que al otro lado puede existir algo diferente.
Hay despedidas que duran años. Hay familias que esperan. Hay hijos que crecen lejos de sus padres, madres que envejecen sin volver a abrazar a sus hijos y parejas que intentan mantener una relación a través de una pantalla.
Me llevo conmigo lo que soy y todo aquello a lo que quizá no pueda regresar.
El viaje
El viaje no siempre es una carretera ni una travesía por el mar. Es una sucesión de decisiones, peligros, esperas y renuncias.
A veces dependo de personas que no conozco, de rutas que no controlo, de promesas que pueden convertirse en engaños.
Paso frío, hambre, agotamiento. Puedo sufrir violencia, abusos, explotación y miedo a morir.
Quizá he atravesado desiertos, fronteras, montañas o mares. Quizá he tenido que esconderme, caminar durante días, entregar mis ahorros o confiar mi vida a alguien de quien apenas conozco el nombre.
Quizá he visto morir a otras personas. Quizá he perdido a alguien durante el camino. Quizá todavía me despierto por las noches recordando lo que ocurrió.
Y durante el viaje hay una pregunta que no me abandona:
¿Llegaré?
Si llego, no significa que haya terminado el viaje. A veces solo comienza otra forma de supervivencia.
La llegada
Llego a un lugar donde no conozco las calles, donde las palabras tienen sonidos diferentes y donde muchas veces no entiendo qué me están diciendo.
Tengo que aprender a moverme, a preguntar, a orientarme, a encontrar un techo y a descubrir cómo funciona una sociedad de la que todavía no formo parte.
Me piden documentos que no tengo. Me hablan de citas que no consigo. Me exigen trámites que no comprendo.
Necesito un empadronamiento, una autorización para trabajar, una cuenta bancaria, una dirección, una identidad administrativa que me permita existir ante los ojos de las instituciones.
Tengo que aprender el idioma, comprender las normas, encontrar recursos y descubrir dónde puedo pedir ayuda.
Y mientras intento resolverlo todo, la vida sigue.
Tengo hambre. Tengo frío. Necesito dormir. Necesito trabajar. Necesito enviar dinero a quienes se quedaron esperando algo de mí.
No he llegado al final de mi camino. He llegado al comienzo de una vida que todavía no sé cómo construir.
La irregularidad administrativa. La invisibilidad
¿Qué siento cuando camino por las calles y tengo miedo de que me pidan los papeles?
¿Qué siento cuando busco trabajo y mi situación administrativa me cierra puertas antes incluso de que alguien conozca mis capacidades?
¿Qué siento cuando no puedo firmar un contrato, cuando no puedo alquilar una vivienda con facilidad, cuando dependo de otras personas para cubrir necesidades que antes podía resolver por mí mismo?
¿Qué siento cuando mi situación administrativa parece definir toda mi identidad?
Camino entre personas, pero a veces siento que no me ve nadie.
Estoy aquí, respiro aquí, sufro aquí, sueño aquí. Sin embargo, parece que todavía no tengo derecho a ocupar un lugar.
Tengo capacidades, conocimientos, experiencias, una profesión, una historia. Pero muchas veces nadie llega a preguntarme qué sé hacer porque antes necesita saber qué documentos tengo.
La irregularidad administrativa no borra mi humanidad, mis capacidades ni mis derechos.
Pero puede hacer que mi vida cotidiana se convierta en una sucesión de esperas, obstáculos y miedos.
La mirada de los demás
Y entonces escucho:
«Vete a tu tierra».
¿Qué siento cuando me dices eso?
Quizá no sabes que mi tierra sigue dentro de mí. Que sueño con sus olores, sus comidas, sus calles, sus voces y sus atardeceres. Que hay noches en las que daría cualquier cosa por volver a sentarme a la mesa de mi familia.
No necesito que me recuerdes de dónde vengo. No lo he olvidado ni un solo día.
¿Qué siento cuando me llamas invasor?
Yo no me siento un invasor. Me siento una persona que ha tenido que abandonar su casa para intentar construir una vida.
No he venido a ocupar tu lugar, a quitarte tu identidad ni a borrar tu historia. He venido con la mía, con mis capacidades, mis contradicciones, mis necesidades y mis sueños.
¿Qué siento cuando me acusas de vivir de tus impuestos, de cobrar ayudas que nunca he recibido o de las que apenas he podido beneficiarme?
Me pregunto qué imagen tienes de mí.
Me pregunto si alguna vez has pensado que también he trabajado, que también he pagado, que también he esperado una oportunidad, que también he pasado noches sin dormir pensando cómo voy a llegar a fin de mes.
No soy una ayuda. No soy una prestación. No soy una cifra en un presupuesto.
Soy una persona.
¿Qué siento cuando me miras con desconfianza, cuando me atribuyes intenciones que no tengo, cuando me juzgas por mi apariencia, mi acento, mi religión, mi nacionalidad o el color de mi piel?
¿Qué siento cuando tengo que demostrar que soy una persona honrada antes incluso de que alguien me conozca?
No quiero ser sospechoso por mi origen. No quiero que mi existencia sea interpretada como una amenaza.
Quiero tener la oportunidad de ser conocido por quien soy y por lo que hago.
La soledad y la añoranza
Hay días en los que me siento fuerte y otros en los que apenas puedo sostenerme emocionalmente.
Echo de menos a mi madre. A mis hijos. A mis hermanos. A mis amigos.
Echo de menos hablar sin tener que traducir mis pensamientos, entender una broma sin esfuerzo, reconocer los lugares, saber dónde estoy sin consultar un mapa.
Echo de menos ser alguien conocido.
Aquí tengo que explicar quién soy, de dónde vengo, qué hago, por qué estoy aquí. A veces siento que mi historia siempre empieza con una justificación.
Me pregunto quién soy cuando nadie conoce mi nombre. Quién soy cuando me miras como a un extraño, como a alguien peligroso, como a alguien que no pertenece a este lugar.
¿Dejo de ser padre, madre, hijo, hija, profesional, estudiante, trabajador o amigo porque he cruzado una frontera?
¿Dejo de tener dignidad porque mi documentación no está en regla?
También tengo recuerdos que me hacen sonreír. También tengo canciones que me llevan a casa, sabores que me devuelven a mi infancia y palabras que solo tienen sentido en mi lengua.
No todo lo que he dejado atrás es sufrimiento. También he dejado amor, alegría, cultura, conocimiento, amistades y una vida que merece ser recordada.
El dolor que atraviesa generaciones
Hay algo de la migración que no siempre aparece en los relatos: el dolor de quienes llegaron y el de quienes nacieron después.
Porque a veces la historia no termina con quienes hicieron las maletas, cruzaron fronteras y dejaron atrás su tierra. Continúa en sus hijos y en sus nietos.
En quienes crecieron escuchando otros nombres para su origen, aprendiendo a convivir con las diferencias, percibiendo miradas que cuestionaban su pertenencia incluso cuando aquel lugar también era su casa.
Hay padres y madres que no pudieron llorar. No porque no sintieran dolor, sino porque no podían permitirse detenerse.
Había que trabajar, alimentar a los hijos, aprender otro idioma, adaptarse, resistir. Había que sobrevivir.
Y quedaron lágrimas sin derramar, palabras sin pronunciar, humillaciones que se guardaron en silencio y nostalgias que nunca encontraron un lugar donde descansar.
A veces son los hijos quienes empiezan a preguntarse por qué sus padres tuvieron que soportar tanto. Y son los nietos quienes lloran aquello que sus abuelos no pudieron llorar.
¿Por qué tuve que sentirme diferente?
¿Por qué mi familia tuvo que demostrar tantas veces que era digna de respeto?
¿Por qué alguien podía mirarnos con desconfianza antes de conocernos?
¿Qué le ocurre a una persona cuando crece sintiendo que tiene que justificar su existencia?
¿Qué ocurre cuando una familia aprende a callar para evitar conflictos, a bajar la cabeza para poder continuar, a esconder una parte de sí misma para ser aceptada?
La sensación de no pertenecer puede atravesar generaciones.
Se puede tener una casa, estudiar, trabajar, construir una familia y, aun así, sentir que una parte de uno mismo sigue siendo observada como extraña.
La migración también deja estas huellas invisibles.
Y quizá por eso, cuando hoy alguien escucha que le dicen «vete a tu tierra», hay muchas historias detrás de esa frase. Historias de padres, madres, hijos y nietos que llevan años intentando encontrar un lugar donde no tengan que justificar quiénes son.
Porque pertenecer no debería ser un privilegio que alguien concede. Debería ser una posibilidad que se construye desde el respeto, la convivencia y el reconocimiento de nuestra humanidad compartida.
No solamente emigran las personas. También viajan sus ausencias, sus silencios, sus recuerdos y, a veces, sus heridas.
Y algunas de esas heridas siguen buscando reparación varias generaciones después.
La lucha por empezar de nuevo
Intento aprender el idioma. Busco formación. Pregunto por un empleo. Presento solicitudes. Reúno documentos. Espero respuestas.
Me enfrento a procedimientos administrativos que pueden resultar interminables.
A veces encuentro una persona que me escucha, que me orienta, que me trata con respeto.
Alguien que no me pregunta primero por mi nacionalidad, sino por mi nombre.
Alguien que me devuelve, aunque sea durante unos minutos, la sensación de que pertenezco al mundo.
Otras veces encuentro indiferencia, prejuicios, explotación laboral, alquileres abusivos, discriminación y puertas cerradas.
Me equivoco. Me canso. Me desanimo. A veces pienso que no voy a conseguirlo.
Y, sin embargo, vuelvo a intentarlo.
Porque tengo responsabilidades. Porque quiero trabajar. Porque quiero que mis hijos tengan oportunidades. Porque quiero vivir sin miedo. Porque no he recorrido todo ese camino para renunciar a mi vida.
No quiero que me regalen nada. Quiero oportunidades reales. Quiero que mi esfuerzo tenga sentido. Quiero que mis capacidades puedan ser reconocidas.
Quiero poder elegir, equivocarme, aprender, crecer y construir un futuro.
La integración también es un camino de dos direcciones
No quiero que me idealices. No soy perfecto. Tengo mis errores, mis dificultades, mis creencias, mis costumbres y mis contradicciones, como tú.
No te pido que renuncies a tu cultura para comprender la mía. Tampoco quiero renunciar a la mía para merecer tu aceptación.
Quiero que podamos encontrarnos.
Quiero aprender de ti y que también tengas curiosidad por conocerme.
Quiero participar, contribuir, trabajar, relacionarme, construir vínculos y sentir que puedo formar parte de esta sociedad sin tener que esconder de dónde vengo.
No quiero vivir eternamente bajo la etiqueta de inmigrante.
Quiero que algún día puedas verme sin que mi origen sea lo primero que descubras.
Quiero que mis hijos y mis nietos no tengan que heredar el miedo, la vergüenza o la necesidad de demostrar que merecen estar aquí.
Quiero que puedan sentirse de aquí y de allí, de varios lugares o de ninguno, sin que nadie les exija elegir entre sus raíces y su presente.
Quiero que puedan decir quiénes son sin tener que defenderse.
Y ahora quiero preguntarte algo
Cuando me dices que vuelva a mi tierra, ¿te has preguntado alguna vez por qué me fui?
Cuando me llamas invasor, ¿te has preguntado qué tuve que dejar atrás?
Cuando me acusas de recibir ayudas, ¿te has preguntado si alguna vez he podido acceder a ellas?
Cuando me ves caminar sin rumbo, ¿te has preguntado qué significa vivir sin una red familiar, sin seguridad jurídica y sin saber qué ocurrirá mañana?
Cuando me miras como alguien diferente, ¿has pensado que dentro de mí ocurren las mismas cosas que dentro de ti?
También amo. También temo. También tengo hambre, ilusiones, vergüenza, orgullo, deseos, recuerdos y esperanzas.
También me duele que me rechacen.
También necesito sentir que importo.
No te pido que ignores los problemas de tu sociedad ni que renuncies a tus preocupaciones. Te pido que no conviertas a una persona en responsable de todo aquello que te preocupa.
Te pido que mires más allá de mi procedencia, de mis documentos y de mis diferencias.
Que antes de juzgarme, me conozcas.
Que antes de etiquetarme, me escuches.
Que antes de preguntarme por qué he venido, intentes comprender por qué tuve que marcharme.
Porque antes de ser extranjero, soy persona.
Antes de ser inmigrante, tengo una historia.
Y antes de que me juzgues por el lugar del que vengo, quizá podrías preguntarte qué me hizo marcharme.
¿Cuánto cuesta una vida? ¿Y por qué nos quedamos?
A veces marcharse cuesta una vida entera.
Y llegar no significa haber encontrado todavía un lugar donde vivirla.
Hay personas que se marchan para salvar la vida. Otras para poder vivirla con dignidad. Algunas buscan libertad, seguridad, oportunidades o simplemente un futuro para sus hijos.
Todas llevan algo que no aparece en los documentos de viaje: una historia humana.
Y quizá la pregunta no debería ser cuánto cuesta una vida, sino cuánto estamos dispuestos a perder como sociedad cuando dejamos de reconocer el valor de la vida de los demás.
Porque detrás de cada persona que emigra hay mucho más que un movimiento de población.
Hay una infancia, una familia, una despedida, un viaje, un miedo, una esperanza, una lucha y un deseo profundamente humano: vivir sin tener que pedir perdón por existir.
Sobre este proyecto
Este proyecto quiere poner rostro, voz y dignidad a quienes emigran.
No para hablar en su nombre, sino para abrir un espacio donde sus experiencias puedan ser escuchadas.
Quiere recorrer todas las fases de la migración: las razones para partir, las despedidas, el trayecto, las fronteras, la llegada, la irregularidad administrativa, la búsqueda de vivienda y empleo, la soledad, la discriminación, la adaptación, la integración y la reconstrucción de una vida.
Quiere mostrar también aquello que permanece después de la llegada: las familias separadas, las ausencias, la memoria, las identidades múltiples y las heridas que pueden transmitirse de generación en generación.
No pretende construir una imagen idealizada de las personas migrantes ni reducirlas al sufrimiento.
Quiere mostrar personas completas: sus capacidades, sus contradicciones, sus alegrías, sus aportaciones, sus sueños y su derecho a construir un futuro.
Porque las personas migrantes no son solamente personas que sufren. Son personas que viven.
Y porque quizá el primer paso para convivir no sea aprender a tolerar al diferente, sino dejar de mirar al otro como si su humanidad fuera distinta de la nuestra.