¿Por qué me siento culpable por haber emigrado?
Soraya Mohamedi Mohamed · Psicóloga, especialista en Migración e Inclusión Social · Fundadora y presidenta de Ubuntu Canarias
Una persona sostiene el teléfono mientras observa una fotografía familiar. Al otro lado de la pantalla, una videollamada con quienes quedaron en el país de origen. A veces la distancia se mide en kilómetros. Otras veces, en momentos que ya no volverán.
Hay una pregunta que muchas personas se hacen en silencio
Emigrar suele asociarse a la búsqueda de oportunidades, de seguridad o de una vida mejor. Pero hay una parte de esa experiencia de la que se habla bastante menos: la culpa.
No la culpa por haber hecho algo incorrecto. Más bien la sensación de haber dejado atrás a personas importantes justo cuando también podían necesitarte. A veces aparece después de una llamada. Otras, cuando llega una noticia que habría sido distinta si hubieras estado allí. Y en ocasiones se instala sin un motivo concreto, como un ruido de fondo que acompaña durante meses.
No todas las personas migrantes la sienten. Y quienes la sienten no lo hacen de la misma manera. Pero es un sentimiento más frecuente de lo que parece.
La vida continúa en los dos lugares
Mientras intentas adaptarte a una nueva ciudad, encontrar trabajo o resolver cuestiones administrativas, la vida sigue su curso en el lugar del que vienes.
Los cumpleaños se celebran sin ti.
Los niños crecen.
Tus amistades cambian de trabajo, forman una familia o se mudan.
Los padres envejecen.
Todo eso ocurre aunque hables con ellos cada semana.
Hay momentos en los que la distancia pesa especialmente porque no se puede resolver con una llamada o con un mensaje.
A veces la culpa no nace de lo que haces, sino de lo que no puedes hacer
Muchas personas cuentan que lo más difícil no fue marcharse. Fue descubrir que ya no podían estar presentes cuando alguien enfermaba, necesitaba ayuda o simplemente quería compartir un momento importante.
Desde aquí se intenta compensar esa ausencia de muchas formas.
Se envía dinero cuando es posible.
Se hacen llamadas casi a diario.
Se intenta transmitir tranquilidad, incluso cuando uno mismo no la siente.
Sin darse cuenta, algunas personas terminan viviendo con la sensación de que siempre están en deuda con quienes quedaron atrás.
También existe la culpa por estar bien
Este aspecto suele sorprender.
Hay personas que consiguen estabilizarse, encuentran trabajo o empiezan a sentirse mejor en el país de acogida y, precisamente entonces, aparece otra forma de culpa.
Disfrutar de una oportunidad puede resultar incómodo cuando sabes que personas a las que quieres siguen atravesando dificultades.
Es como si una parte de ti pensara que no tienes derecho a sentir alivio mientras otros continúan esperando.
No siempre ocurre, pero cuando aparece puede generar bastante confusión.
Las redes sociales cambian la forma de vivir la distancia
Hace años era habitual saber de la familia de vez en cuando. Hoy es posible ver casi todo en tiempo real.
Una comida familiar.
Una celebración.
Una fotografía antigua que alguien decide compartir.
Eso puede hacer que la distancia se sienta de una forma diferente. No porque exista más separación que antes, sino porque ahora asistimos a muchos momentos de los que no podemos formar parte.
No siempre hay una decisión perfecta
Con frecuencia se plantea la migración como una elección sencilla: quedarse o marcharse.
Sin embargo, la realidad suele ser bastante más compleja.
Hay personas que emigran porque sienten que no tienen otra alternativa. Otras lo hacen pensando en el futuro de sus hijos. Algunas parten con la idea de regresar pronto y descubren que los años pasan mucho más deprisa de lo que imaginaban.
Mirar atrás con la información que hoy tenemos suele ser injusto. La decisión se tomó con las circunstancias de aquel momento, no con las de ahora.
Un ejemplo para entenderlo mejor
Imaginemos, solo como ejemplo hipotético, a un hombre que emigró hace cuatro años. Su madre empieza a tener problemas de salud y él no puede viajar con la frecuencia que le gustaría.
Cada vez que habla con ella siente que debería estar allí. Al mismo tiempo, sabe que regresar supondría perder el trabajo que tanto esfuerzo le costó conseguir.
No hay una solución completamente satisfactoria.
Y precisamente por eso aparece la culpa: porque cualquier decisión implica renunciar a algo.
¿Qué puede ayudar?
No existe una forma de dejar de sentir culpa de un día para otro.
A algunas personas les ayuda comprender que querer a la familia y construir una vida en otro país no son dos cosas incompatibles.
Otras descubren que hablar abiertamente de ese sentimiento, en lugar de esconderlo, reduce parte del peso que llevaban acumulando.
También puede ser útil recordar que la distancia no mide el compromiso ni el cariño. Hay personas muy presentes viviendo a miles de kilómetros y otras muy cerca que apenas forman parte de la vida de su familia.
Cada historia migratoria tiene sus propios matices. Compararla con la de otras personas rara vez ayuda.
Una idea para terminar
Con el tiempo he aprendido que muchas personas migrantes no solo echan de menos un lugar. También echan de menos la posibilidad de estar donde sienten que deberían estar en determinados momentos.
Quizá por eso la culpa aparece con tanta facilidad.
No siempre desaparece del todo. Pero cuando se le pone nombre, deja de ser una sensación confusa y empieza a entenderse como parte de una experiencia profundamente humana.
Y quizá esa comprensión no resuelva la distancia, pero sí permita mirarse con algo más de amabilidad.
Cuando la culpa ocupa demasiado espacio
La culpa no suele desaparecer porque alguien nos diga que no deberíamos sentirla. A veces necesita tiempo. Otras veces, necesita que dejemos de intentar esconderla o restarle importancia.
Hay personas a las que les ayuda hablar de ello con alguien de confianza, sin sentirse obligadas a aparentar que todo va bien. Otras encuentran alivio cuando aceptan que no pueden estar presentes en cada momento importante de la vida de su familia y que esa limitación no disminuye el cariño que sienten por ella.
También puede resultar útil reservar un espacio para cuidar la vida que se está construyendo aquí. Permitirse disfrutar de una buena noticia, hacer nuevas amistades o sentirse en paz en el lugar de acogida no significa olvidar el lugar del que se viene ni a las personas que permanecen allí. Las dos cosas pueden convivir, aunque al principio cueste creerlo.
Cada proceso migratorio es diferente y no existe una manera correcta de vivirlo. Hay quien necesita hablar mucho sobre lo que dejó atrás y quien prefiere hacerlo poco a poco. Lo importante no es seguir un camino concreto, sino encontrar una forma de avanzar sin que la culpa termine ocupando todo el espacio.
Si con el paso del tiempo ese sentimiento se vuelve constante, dificulta el descanso, afecta a las relaciones o hace que cualquier momento de bienestar vaya acompañado de remordimiento, buscar apoyo profesional puede ser una opción. No porque sentir culpa sea un problema en sí mismo, sino porque nadie tiene por qué afrontar en soledad aquello que le está haciendo sufrir.
— Soraya Mohamedi Mohamed · Psicóloga, especialista en Migración e Inclusión Social
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