La parte del duelo migratorio de la que casi nadie habla
Soraya Mohamedi Mohamed · Psicóloga, especialista en Migración e Inclusión Social · Fundadora y presidenta de Ubuntu Canarias
A veces no se pierde solo un país. También una parte de quién eras.
Si has migrado, es probable que en algún momento hayas sentido algo difícil de explicar. No es solo tristeza por lo que dejaste atrás. Es más bien la sensación de no encajar del todo en ningún sitio: ni en el lugar de donde vienes, porque ya no vives allí y las cosas siguen cambiando sin ti, ni en el lugar donde estás ahora, porque todavía no te sientes reconocido. Eso tiene un nombre: duelo migratorio. Y aunque suene a algo técnico, en realidad describe algo muy sencillo: perder cosas importantes de tu vida —tu idioma cotidiano, tu estatus, tu gente, tu forma de moverte por el mundo sin pensar— y tener que reconstruirlas en otro lugar, casi siempre empezando de menos.
No es solo nostalgia
Mucha gente cree que el duelo migratorio es simplemente echar de menos el país de origen. Pero suele ser más profundo que eso. Tiene que ver con quién eras allí y quién te dejan ser aquí. Puede que en tu país fueras alguien conocido en tu barrio, con un oficio reconocido, con una rutina que dominabas de memoria. Y que aquí, de repente, tengas que volver a demostrar quién eres, aunque ya lo hayas demostrado antes, en otro idioma, ante personas que no conocen tu historia. Ese contraste cansa. Y no es debilidad sentirlo así: es una respuesta natural a una pérdida real.
Cómo se manifiesta, aunque no lo llames duelo
No todo el mundo lo vive igual, ni con la misma intensidad. Pero hay señales que se repiten con frecuencia: cansancio que no se explica solo por el trabajo o el idioma nuevo, ganas de aislarte aunque tengas gente alrededor, sensación de estar «de más» en las conversaciones aunque entiendas lo que se dice, momentos de irritabilidad sin motivo claro, o la sospecha de que algo en ti no está funcionando bien, cuando en realidad lo que ocurre es que estás sosteniendo una pérdida que nadie te ha ayudado a nombrar. Es fácil confundir todo esto con «no adaptarse» o «falta de ganas». Pero muchas veces no es eso. Es duelo sin procesar, disfrazado de cansancio.
¿Tiene fases? Sí, pero no como un manual
A veces se explica el duelo migratorio como si tuviera etapas fijas, una detrás de otra, como una escalera. La realidad es más desordenada. Aun así, hay patrones que se repiten en muchos casos, y conocerlos puede ayudar a entender lo que te pasa.
Al principio, cuando todo es nuevo, suele haber una mezcla de alivio y euforia: has conseguido salir, has llegado, hay una sensación de logro. Es habitual que en esta fase la persona minimice lo que ha dejado atrás, casi como un mecanismo para poder seguir adelante. Con el tiempo, cuando la novedad se agota y empiezan las dificultades del día a día —el idioma, los papeles, el trabajo que no llega o no es el que se esperaba—, suele aparecer una fase más dura, en la que el cansancio se acumula y muchas personas empiezan a preguntarse si mereció la pena. Después, si hay tiempo y algo de apoyo, suele llegar una fase de acomodo: no significa que el duelo desaparezca, sino que la persona encuentra una forma de convivir con las dos partes de su historia sin que le paralicen.
Y hay una parte que casi nunca se cuenta: este proceso no es lineal. Se puede estar en la fase de acomodo durante meses y, de repente, una fecha señalada, una llamada, una canción, hacer que se vuelva a sentir el peso del principio. Eso no es un retroceso ni un fracaso. Es parte de cómo funciona el duelo.
Un ejemplo, para que se entienda mejor
Imaginemos, solo como ejemplo hipotético, a una mujer que en su país era enfermera. Aquí, mientras espera que le reconozcan su título, limpia casas. El trabajo le permite vivir, pero cada día nota que nadie a su alrededor sabe que ella sabía poner una vía o calmar a un paciente asustado. Con el tiempo, empieza a sentir que esa parte de ella se está borrando. No es que haya dejado de ser enfermera. Es que, en su día a día, nadie la ve como tal. Ese tipo de pérdida silenciosa es mucho más común de lo que parece, aunque casi nunca se hable de ella abiertamente.
También se nota en el cuerpo
El duelo migratorio no se queda solo en la cabeza. Muchas personas notan que duermen peor, que tienen dolores de cabeza o de estómago sin causa médica clara, o que están más cansadas de lo que su rutina explicaría. Esto no significa que estén enfermas. Significa que el cuerpo también está procesando una pérdida, aunque la mente todavía no le haya puesto nombre. Si esto te suena familiar, no está de más comentarlo con un profesional de salud, aunque solo sea para descartar otras causas y para no cargar solo con la sospecha de que «algo no va bien» sin saber qué es.
Cuando la familia también lo vive, cada uno a su manera
Si migraste con hijos, o si tienes familia que nació ya aquí, es probable que hayas notado que cada uno lleva esto de forma distinta. Los hijos que crecen en el país de llegada suelen tener una relación distinta con el país de origen: lo conocen a través de tus historias, quizá de alguna visita, pero no de la misma forma que tú lo viviste. Esto puede generar cierta distancia dentro de la propia familia, incluso cuando el cariño es el mismo. No es raro que un padre o una madre sienta que su historia se diluye con cada generación, mientras que sus hijos sienten que se espera de ellos que representen una cultura que conocen solo en parte. Ninguno de los dos está equivocado: son simplemente dos formas distintas de habitar la misma historia migratoria.
Lo que puede ayudar desde fuera: el reconocimiento
Una de las cosas que más alivia este tipo de duelo es sentirse reconocido por lo que uno fue, no solo por lo que uno hace ahora. No hace falta un gesto grande: a veces basta con que alguien te pregunte a qué te dedicabas antes, o te deje contar cómo era tu vida allí, sin prisa y sin juzgar. Ese reconocimiento no resuelve los papeles ni consigue el trabajo que buscas, pero sí te recuerda que lo que fuiste sigue contando, aunque de momento no se vea en tu currículum de aquí. Si trabajas o colaboras con personas migradas, tenlo presente: antes de hablar de empleo, muchas veces hace falta un espacio para hablar de la pérdida. No es un paso previo innecesario. Es parte del proceso.
Lo que puedes hacer tú, si estás pasando por esto
No hay una fórmula que funcione igual para todo el mundo, pero hay cosas que suelen ayudar: ponerle nombre a lo que sientes, aunque cueste —decir «esto es duelo, no es que yo esté fallando» ya cambia algo—; buscar, aunque sea en pequeños espacios, formas de mantener viva la parte de ti que dejaste atrás, como hablar tu idioma con alguien, cocinar lo que cocinabas allí o mantener contacto con tu oficio de forma simbólica mientras esperas poder ejercerlo del todo; y hablar de tu vida anterior con alguien que quiera escucharla, sin sentir que tienes que resumirla en una frase para que encaje. Y también, si puedes, buscar apoyo profesional cuando lo necesites. No es un signo de debilidad pedir ayuda para atravesar un duelo. Es, de hecho, una forma de cuidarte mientras reconstruyes tu vida en otro lugar.
Hay algo más que suele ayudar, aunque cueste al principio: permitirte sentir las dos cosas a la vez. Se puede estar agradecido por las oportunidades de aquí y, al mismo tiempo, echar profundamente de menos lo de allí. No son sentimientos contradictorios, aunque a veces se viva como si tuvieras que elegir uno. Aceptar que ambos caben es parte de hacer las paces con tu propia historia. También ayuda no comparar tu proceso con el de otras personas migradas que conozcas: cada trayectoria depende de motivos distintos para migrar, de la situación administrativa, del apoyo con el que se cuenta, incluso del momento vital en el que se produjo el cambio. Que a alguien «le vaya mejor» o parezca haberlo superado antes no dice nada sobre lo que a ti te toca vivir, ni cuánto tiempo necesitas. Y si tienes hijos, hablarles de tu historia migratoria, incluso de las partes difíciles, suele ser más útil que protegerlos de ella.
Una idea final
El duelo migratorio no desaparece de un día para otro, ni tiene por qué desaparecer del todo. Con el tiempo, muchas personas aprenden a convivir con las dos partes de su historia, la de allí y la de aquí, sin que una tenga que borrar a la otra. Si estás en ese proceso, no estás fallando. Estás atravesando algo real, que tiene nombre, y que muchas otras personas también han vivido.
Soraya Mohamedi Mohamed · Psicóloga, especialista en Migración e Inclusión Social
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