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Orientar a un joven migrante cuando empieza su vida adulta

Soraya Mohamedi Mohamed · Ubuntu Canarias · 5 min de lectura

Un joven mira al horizonte sentado ante una mesa con un cuaderno, con el mar y una ciudad costera al fondo. Texto de la imagen: «Orientar también es abrir caminos. Empleo, formación, autonomía».

Trabajar la orientación laboral con jóvenes migrantes que se acercan a la emancipación me ha enseñado que el empleo es solo una parte del problema. A veces la más urgente, pero casi nunca la más sencilla.

Cuando un chico o una chica tiene que empezar a mantenerse por su cuenta, detrás de la búsqueda de trabajo aparece todo lo demás: los papeles, la formación, el idioma, la experiencia que trae de su país, unos estudios que aquí no se reconocen, la falta de familia cerca, encontrar dónde vivir. En algunos casos, también la necesidad de mandar dinero a casa.

Y todo ocurre a la vez, con prisa. Quieren trabajar cuanto antes, dejar de depender de un recurso o de una entidad, tener su propio dinero, alquilar una habitación, sentir que avanzan. Construir un itinerario con calma es un lujo que no siempre tienen.

El currículum no cuenta toda la historia

Uno de los primeros trabajos es averiguar qué hay detrás de ese papel. Un joven puede llegar con un currículum casi vacío y haber trabajado en el campo, en la construcción, en un comercio familiar o cuidando de otras personas. Puede hablar varios idiomas, haber cargado con responsabilidades serias dentro de su familia o haber aprendido a moverse solo en un país desconocido.

Lo que le falta muchas veces es saber traducir eso al lenguaje que entienden aquí las empresas. Ahí la orientación tiene mucho que hacer, y no se trata de inventar experiencia ni de adornar nada. Es ver qué sabe hacer de verdad, qué puede acreditar, qué le falta aprender y cómo conseguir que eso se reconozca.

Antes de enviar un CV

Hay preguntas que conviene hacerse primero, y son muy concretas. Si puede trabajar ahora mismo y si su documentación le permite optar a ese empleo. Si tiene alguna formación que pueda acreditar o necesita homologar estudios. Si entiende de verdad las condiciones de las ofertas a las que responde, si su nivel de español da para el puesto, qué horarios puede asumir. Y una que se olvida a menudo: dónde viviría si le contratan.

Cualquiera de esas respuestas puede cambiar el itinerario por completo. Por eso nunca he entendido la orientación laboral como repartir ofertas y preparar currículums.

También hay que trabajar la frustración

Hay jóvenes que llevan meses enviando currículums sin apenas respuesta, o que van a entrevistas y no les llaman. Llega un punto en que empiezan a pensar que el problema son ellos. Que no sirven, o que tendrán que aceptar lo que sea.

En ese momento orientar es, sobre todo, mirar con ellos qué está pasando. Puede que el objetivo todavía no sea realista, o que el currículum no refleje bien lo que han hecho. A veces buscan en sitios que no son, o se presentan a ofertas que no encajan con su perfil. A veces falta español profesional. Y otras veces se están topando con barreras que no dependen de ellos.

No todo rechazo es un fracaso personal, y ayuda mucho que alguien se lo diga con argumentos.

El primer empleo no debería ser la meta

Un primer contrato puede ser un paso enorme. Pero conviene preguntarse qué viene después: si ese trabajo deja seguir formándose, si el sueldo acerca a una vivienda, si está aprendiendo un oficio o si tiene alguna continuidad.

Se puede estar trabajando y seguir muy lejos de la autonomía. Para mí, incorporarse al empleo y emanciparse no son exactamente lo mismo, y mezclar las dos cosas lleva a dar por cerrados procesos que apenas han empezado.

Hay que conocer también lo que quieren

De tanto hablar de dificultades, a veces terminamos dibujando al joven migrante solo a partir de lo que le falta. Y eso también es un error.

Hay chicos que quieren ser mecánicos, cocineros, electricistas, informáticos, educadores, o montar algo propio. Hay quien todavía no sabe qué quiere hacer, y quien solo sabe que quiere trabajar, tener una casa y vivir tranquilo. Todo eso hay que escucharlo. Orientar no es decidir qué le conviene a alguien según su situación, sino ayudarle a ver sus opciones y a decidir con más información.

Lo que queda cuando termina el acompañamiento

No creo que una buena orientación se mida solo por cuántos currículums se han enviado o cuántas entrevistas se han conseguido. También cuenta lo que la persona se lleva: poder buscar ofertas sin depender de nadie, reconocer una oferta fraudulenta, explicar su experiencia, conocer sus derechos, saber adónde acudir cuando algo va mal, seguir buscando cuando una candidatura no sale.

Eso se queda con ella, y a la larga puede pesar tanto como el primer contrato.

Acompañar a un joven hacia el empleo exige conocer los recursos, la normativa y el mercado laboral. También exige algo que se ve menos: tiempo para escuchar, ojo para detectar lo que frena y respeto por las decisiones de quien tienes delante. Es alguien que intenta construir su vida adulta en un país que todavía está aprendiendo a conocer. Nuestro trabajo es acompañarle en ese camino, no recorrerlo por él.

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Acompañamos a personas migrantes en su proceso de integración social, laboral y comunitaria en las Islas Canarias.

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