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Testimonio

Cinco viajes a Turquía y un camino que no esperaba


Voces del Mundo

Ilustración en acuarela de una mujer sonriente en una terraza con un té turco, con Estambul y Capadocia al fondo.

Una historia compartida en Voces del Mundo

En Ubuntu Canarias creemos que cada persona tiene una historia que merece ser escuchada.

Con Voces del Mundo queremos abrir un espacio donde las propias personas puedan compartir sus experiencias, sus culturas y sus sueños en primera persona, contribuyendo a una sociedad más abierta, diversa e intercultural.

Las historias que publicamos no pretenden representar la experiencia de todas las personas que las comparten. Cada una refleja una realidad personal, con circunstancias, desafíos y esperanzas propias. Precisamente esa diversidad de voces es la que enriquece este proyecto.

Hoy compartimos el testimonio de Anisa, nombre con el que firma esta historia. Nos cuenta cómo un sueño que guardaba desde hacía años, conocer Capadocia, la llevó a Turquía cinco veces, a escuchar el adhan por primera vez y, con el tiempo, a encontrar en el islam su camino.

Testimonio

Cinco viajes a Turquía y un camino que no esperaba

Durante muchos años viví bastante ajena al mundo. Tenía mi casa, mi trabajo, mi gente y unas costumbres que se repetían de una semana a otra sin que yo me hiciera muchas preguntas. No era infeliz. Simplemente no miraba más allá, y como no miraba, tampoco echaba nada de menos.

Pero había algo que guardaba desde hacía mucho tiempo, casi en secreto: quería ir a Capadocia. No sabría decir cuándo empezó. Quizá una foto, quizá un reportaje que vi sin darle importancia. Lo cierto es que esa imagen se me quedó dentro y volvía de vez en cuando, como vuelven los deseos que una no se atreve a tomarse en serio. Durante años fue solo eso, un sueño que no movía nada.

La primera vez

Hasta que un día dejé de imaginarlo y compré el billete.

Recuerdo la sensación al bajar del avión: el aire distinto, los letreros que no entendía, el ruido de una lengua que sonaba a la vez dura y cantada. Iba con los ojos muy abiertos, intentando no perderme nada. Por primera vez en mucho tiempo me sentía pequeña frente a algo, y no me daba miedo. Me daba ganas de seguir.

Y luego llegué a Capadocia.

Hay sitios que has visto tantas veces en fotos que crees que no te van a sorprender. Capadocia me sorprendió igual. Aquellas formas de piedra que parecen hechas a mano, los valles que cambian de color según la hora, el silencio de primera hora de la mañana. Recuerdo quedarme quieta mirando el paisaje y pensar que llevaba media vida esperando ese momento. Me emocioné sin poder evitarlo. No era solo el lugar: era darme cuenta de que los sueños, a veces, se cumplen si una se mueve.

El adhan

Pero lo que de verdad me cambió no lo vi. Lo escuché.

La primera vez que oí el adhan, la llamada a la oración, me pilló caminando por la calle. Empezó una voz desde una mezquita, luego otra más lejos, luego otra, hasta que parecía que toda la ciudad respondía a la vez. Me paré. No sabía lo que decían, pero sentí algo en el pecho que no supe explicar.

Durante aquel viaje empecé a esperarlo. Cinco veces al día. Por la mañana, cuando todavía estaba oscuro, me despertaba y me quedaba en la cama escuchando. Por la tarde, si estaba en una terraza o caminando, me detenía. La ciudad seguía su vida, pero durante esos minutos algo se ordenaba. Y yo, que llevaba años sin pararme a escuchar casi nada, me descubría escuchando con todo el cuerpo.

No lo entendía todavía. Solo sabía que aquel sonido me traía calma, y que cuando volví a casa lo eché de menos.

Volver, y volver otra vez

He vuelto a Turquía cinco veces.

Quien no ha vivido algo así puede pensar que es demasiado, que hay muchos otros países por conocer. Lo entiendo. Pero hay lugares que no se visitan una sola vez. Cada viaje me enseñaba algo distinto, y yo tampoco era la misma cuando llegaba. En los primeros viajes miraba como turista. Después empecé a mirar de otra manera: me fijaba en la gente, en cómo se saludaban, en cómo te invitaban a un té sin conocerte, en la forma de cuidar a los mayores. Empecé a aprender turco para no quedarme fuera de las conversaciones. Quería entender, no solo ver.

Y en cada viaje, el adhan seguía ahí, esperándome.

Lo que me habían contado

Pasaron años hasta que entendí lo que aquel sonido había empezado a mover en mí.

Descubrí que el islam era mi camino. No lo viví como una decisión que tomé de un día para otro, sino como algo que llevaba tiempo creciendo en silencio. Lo siento como una llamada: Allah me llamaba, y un día dejé de resistirme y respondí.

Lo que más me sorprendió fue darme cuenta de que el islam no era lo que me habían contado. Lo que yo conocía venía de titulares, de prejuicios, de frases que se repiten sin que nadie las haya comprobado. Cuando me acerqué de verdad, cuando pregunté, leí y escuché, encontré otra cosa.

No fue fácil para todos. En mi familia hubo incomprensión, y la hay en parte todavía. Me dolió, y no voy a decir que no. Pero también entiendo el miedo que hay detrás, porque yo misma habría sentido algo parecido si no hubiera vivido lo que viví. Solo puedo esperar que con el tiempo vean lo que yo veo cada día al mirarme al espejo: que no he dejado de ser yo. Que soy, de hecho, más yo que nunca.

Hoy soy feliz. Más tranquila, más en paz.

Los idiomas como puertas

Siempre he sentido curiosidad por entender a los demás desde dentro, y los idiomas han sido mi manera de hacerlo. He estudiado chino y turco, y ahora estoy aprendiendo el dialecto marroquí, el dariya. Cada idioma nuevo es como una llave. No te abre solo una lengua: te abre la forma de reír, de bendecir, de despedirse de la gente que la habla. Cuando alguien te escucha intentar hablar su idioma, aunque lo hagas mal, te mira de otra manera.

Fez

Cuando viajé a Marruecos y llegué a Fez, me volvió a pasar.

Entrar en la medina fue como entrar en otro tiempo. Calles tan estrechas que casi tocas las paredes con los dos brazos, el olor a especias, a cuero, a pan recién hecho, las voces de los vendedores, los burros cargados abriéndose paso. Me perdí más de una vez, y no me importó. Y otra vez, por encima de todo, el adhan, ahora con otro acento, en otra ciudad, pero llamándome igual.

Me quedé enamorada de Fez, igual que me había enamorado de Turquía.

Mirar atrás

Ahora, cuando pienso en aquella mujer que vivía ajena al mundo, me cuesta reconocerme. No porque fuera peor que la de ahora, sino porque no sabía todo lo que la esperaba. Todo empezó con un sueño pequeño, ir a Capadocia. Ese sueño me abrió una puerta, y detrás había muchas más: un país, una lengua, una fe, otra ciudad, otra forma de estar en el mundo.

Si alguien me preguntara qué aprendí, diría que a escuchar. Y que a veces lo que más nos cambia no es lo que buscamos, sino lo que nos encuentra por el camino.

Lo que nos deja su historia

En Ubuntu Canarias creemos que conocer otras culturas de cerca, sin intermediarios, cambia la manera en que miramos el mundo y también la manera en que nos miramos a nosotras mismas. La historia de Anisa habla de un sueño cumplido, de la curiosidad por aprender otras lenguas y de un camino personal que no siempre es fácil de compartir con quienes más queremos.

Su testimonio nos recuerda que muchas de las ideas que tenemos sobre otras religiones y culturas no vienen de la experiencia, sino de lo que hemos oído contar. Escuchar estas voces nos invita a acercarnos con más respeto, más preguntas y menos prejuicios.

Nota editorial. Este testimonio ha sido publicado con la autorización de su autora, que firma con el nombre de Anisa para preservar su anonimato. El contenido refleja exclusivamente la experiencia y las opiniones personales de quien lo firma.

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Cada experiencia aporta una mirada única sobre el mundo. En Voces del Mundo queremos seguir construyendo un espacio donde las personas puedan compartir sus historias, sus culturas y sus aprendizajes para acercarnos unos a otros.

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