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Testimonio

María Elena, una historia que me encontré en una estación

Voces del Mundo · Testimonio recogido por el equipo de Ubuntu Canarias

Ilustración en acuarela de una mujer mayor con un pañuelo estampado y expresión pensativa; a su alrededor, viñetas de La Habana con el Malecón, el Castillo del Morro y la bandera cubana, un coche antiguo, dos jóvenes graduadas abrazándose bajo un birrete, y la propia mujer, de espaldas, con una maleta de ruedas y sentada en una estación de autobuses comiendo de un pequeño táper con una cuchara

Un espacio para escuchar historias

En Ubuntu Canarias creemos que cada historia puede inspirar, acercar culturas y ayudarnos a construir una sociedad más abierta e intercultural.

Por eso nace Voces del Mundo, un espacio para compartir historias, culturas, aprendizajes y experiencias que nos permitan mirar el mundo desde los ojos de otras personas. Porque a veces una conversación inesperada nos enseña mucho más de lo que imaginábamos.

Esta es una de esas historias.

Testimonio

Una conversación inesperada

Habíamos pasado todo el día en la calle, compartiendo información sobre Ubuntu y haciendo diferentes gestiones. Al final de la jornada estaba cansada y solo quería volver a casa. Pero perdí el autobús.

Me senté a esperar el siguiente en la estación de guaguas. A mi lado había una mujer mayor que se comía tranquilamente unas natillas, y comenzó a hablarme. No sabía entonces que aquella conversación iba a acompañarme mucho después de que llegara mi autobús.

La llamaremos María Elena. No le pregunté su edad, no quería convertir aquella charla en un interrogatorio, pero por su aspecto y por lo que me fue contando, debía tener al menos 68 años.

Es cubana. Me contó que llevaba un tiempo viviendo en la propia estación, compartiendo espacio con otras mujeres que también se encontraban en situación de sinhogarismo y con las que había tenido problemas y desencuentros. Pero su historia no había empezado allí.

Una vida construida con trabajo

María Elena había trabajado durante años como empleada interna. Había trabajado, ahorrado y construido su vida con esfuerzo. Me contó que tenía estudios, y lo repetía con una mezcla de orgullo y necesidad de ser reconocida: «¿Tú crees que yo no tengo estudios?». Sus hijas eran ingenieras y arquitectas.

Su vida, sin embargo, había dado un giro inesperado. Durante la pandemia tuvo que permanecer en Cuba, y cuando finalmente pudo regresar, muchas cosas habían cambiado. Lo que había sido su vida cotidiana ya no estaba ahí de la misma manera.

En algún momento encontró acogida en un recurso público para personas sin hogar, pero después de un desencuentro con las personas que gestionaban o utilizaban aquel recurso, dejó de poder permanecer allí. Y terminó en la estación.

«Yo tengo mi dinero»

María Elena me explicó que recibía una pensión, que tenía ingresos y que, en principio, ese dinero podía permitirle alquilar una habitación. Le comenté que quizá desde Ubuntu Canarias podríamos ayudarla a buscar una habitación en algún barrio más económico, o acompañarla en las gestiones que necesitara.

Ella dijo que no. No quiso. Y en aquel «no» había algo que me llamó especialmente la atención: no parecía simplemente una negativa, parecía que había algo más profundo detrás.

Me contó que compraba su propia comida, que cuidaba de sí misma, que iba a los balnearios. Estaba perfectamente aseada y cuidaba su aspecto. Tenía dinero para sus necesidades básicas. Y, sin embargo, dormía en una estación de autobuses.

Una pérdida demasiado grande

Mientras hablábamos apareció otra parte de su historia. Me contó que una de sus hijas iba a viajar para estar con ella, pero que, aproximadamente un año antes, había fallecido repentinamente a causa de un cáncer.

Hay pérdidas que cambian para siempre la manera en la que una persona mira el mundo. No sé si aquella pérdida explica una parte de su situación, no sería justo afirmarlo, y tampoco conozco todos los acontecimientos que ocurrieron antes de que llegara a la estación. Precisamente por eso no quiero juzgar.

No conozco su historia completa. Ella tampoco me la contó entera, pero sí pude escuchar una parte. María Elena es hija de una mujer española que había vivido y se había casado en Cuba. Me habló también de otro familiar cercano al que esperaba, y que estaba haciendo gestiones para poder llegar. Su esperanza estaba puesta, en buena medida, en ese reencuentro. Quizá entonces podría dejar atrás la estación.

Más allá de las etiquetas

Cuando pienso en aquella conversación hay algo que me sigue dando vueltas. Podría haber visto simplemente a una mujer mayor sin hogar, una inmigrante, una persona que vive en una estación de autobuses. Pero durante aquellos minutos no vi ninguna de esas etiquetas.

Vi a una mujer que había trabajado, que había estudiado, que había criado a sus hijas y construido una vida. Que había perdido a una hija. Que había vivido un cambio radical después de la pandemia y había pasado por recursos de acogida, con sus conflictos. Que tenía una pensión y tenía orgullo, y que de alguna manera parecía haberse blindado.

Quizá el orgullo era su manera de protegerse. Quizá, después de determinadas experiencias, había decidido que no quería volver a pedir ayuda, que necesitaba demostrar que podía seguir adelante por sí misma. No lo sé, y no quiero inventar una explicación para una vida que no conozco. Pero sí sé que aquella conversación me hizo pensar en lo fácil que es mirar a una persona y creer que sabemos quién es.

Cuando el sinhogarismo y la migración se encuentran

La historia de María Elena me hizo pensar también en algo que desde Ubuntu Canarias vemos de cerca: las situaciones de vulnerabilidad rara vez tienen una sola causa. En la suya se cruzan la migración, el envejecimiento, la pérdida, la soledad, el sinhogarismo, la ruptura de redes de apoyo y las consecuencias que pueden dejar acontecimientos inesperados como una pandemia.

Y también aparece algo de lo que hablamos poco: la dignidad. Porque vivir en la calle no significa dejar de tener una historia, una profesión, unos estudios, una familia, unos sueños o unas preferencias. No significa dejar de tener orgullo. No significa dejar de ser quien eres.

A sus más de 68 años, María Elena seguía reivindicando quién era y todo lo que había construido a lo largo de su vida. Seguía cuidándose, seguía comprando su comida, seguía teniendo sus rutinas, seguía esperando a su familia. Seguía siendo María Elena, aunque aquella noche su casa fuera una estación de autobuses.

Un abrazo antes de marcharme

Finalmente llegó mi autobús. Tenía que irme. Antes de subir, le di un abrazo, sencillo, de esos que no solucionan nada pero que quizá dicen: te he visto.

Ella se quedó allí. Yo me fui. Y, sin embargo, aquella conversación se vino conmigo.

Desde entonces pienso en cuántas personas nos cruzamos cada día de las que apenas conocemos una pequeña parte de su historia. Personas que han llegado de otro país. Que han perdido a alguien. Que han trabajado durante décadas. Que han tenido una casa y ya no la tienen. Personas que reciben ayuda, y personas que la rechazan. Personas que simplemente necesitan que alguien se siente a su lado durante unos minutos y las escuche sin juzgarlas.

Voces del Mundo

En Ubuntu Canarias queremos que Voces del Mundo sea precisamente eso: un espacio para escuchar. Porque acercarnos a otras personas no significa únicamente conocer sus países de origen, sus costumbres o sus culturas. También significa conocer sus caminos, sus pérdidas, sus aprendizajes, sus esperanzas, sus contradicciones y sus formas de resistir.

La historia de María Elena no tiene una moraleja sencilla, y tampoco sabemos cómo continuará. Quizá el familiar al que espera llegue pronto. Quizá encuentre una habitación. Quizá acepte ayuda. Quizá no.

Lo que sí podemos hacer es recordar que detrás de cada persona hay una historia que no vemos a primera vista.

Aquella tarde yo perdí un autobús. Y, gracias a eso, encontré una conversación. Encontré a María Elena. Durante unos minutos, dos desconocidas compartimos algo mucho más importante que una estación: un momento de humanidad.

Porque, al final, de eso también se trata Voces del Mundo: de acercarnos unas a otras para recordar que, antes que cualquier etiqueta, somos personas.

Nota editorial. Este relato se comparte para proteger la identidad de la protagonista: su nombre real no se ha utilizado. Los hechos recogidos son los que ella misma compartió durante una conversación breve, sin información añadida ni verificada más allá de lo que contó.

Tu historia también merece ser escuchada.

Cada experiencia aporta una mirada única sobre el mundo. En Voces del Mundo queremos seguir construyendo un espacio donde las personas puedan compartir sus historias, sus culturas y sus aprendizajes para acercarnos unos a otros.

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