Las dos gafas con las que aprendí a mirar el mundo
Por Soraya Mohamedi Mohamed
Presidenta de Ubuntu Canarias · Psicóloga, especialista en Migración e Inclusión Social
Voces del Mundo: historias en primera persona
En Ubuntu Canarias sabemos que detrás de cada trayectoria migratoria hay una persona con su propia mirada, su propia voz y su propia manera de contarla.
Por eso creamos Voces del Mundo: un espacio donde quienes han vivido esa experiencia —o la han acompañado de cerca, como es el caso de hoy— pueden compartirla con sus propias palabras, sin intermediarios, para tender puentes entre culturas.
Ninguna historia habla en nombre de todas las demás. Cada testimonio es único, con su propio contexto y aprendizajes, y es justamente esa pluralidad de voces la que da sentido a este proyecto.
Hoy compartimos el testimonio de Soraya Mohamedi Mohamed, presidenta de Ubuntu Canarias, que nos habla de crecer entre dos culturas, entre dos orillas, y de cómo aprendió a convertir esa doble mirada en un puente entre mundos.
Las dos gafas con las que aprendí a mirar el mundo
Mi bisabuela apenas hablaba español. Yo apenas entendía amazigh. Sin embargo, nunca sentí que necesitáramos las palabras para comprendernos.
Recuerdo verla sonreír mientras abría una pequeña caja donde guardaba unos caramelos. Los había reservado durante meses para cuando llegaran sus bisnietos. Después, con paciencia y solo mediante gestos, me enseñó cómo utilizar el antiguo depósito de agua que había junto a la entrada de la casa. Allí almacenaban el agua que necesitaban para el día a día. En aquella aldea no había agua corriente ni electricidad.
Yo tenía catorce años y era la primera vez que visitaba siendo adolescente Yassine, una pequeña aldea situada en las montañas del Gurugú, en la provincia de Nador. De allí procedían mis abuelos maternos y mi abuelo paterno.
Aquel lugar me impresionó.
Venía de crecer en Melilla hasta los 7 años y el resto en Gran Canaria, acostumbrada a la televisión, a la electricidad y a una forma de vida completamente distinta. Recuerdo sentirme aburrida, agobiada y fuera de lugar. Las noches llegaban temprano. Las familias se reunían en un patio cubierto para compartir la comida y conversar. Las mujeres hablaban entre ellas en amazigh. Yo permanecía en silencio, intentando reconocer alguna palabra, observando sus rostros, sus gestos y sus sonrisas.
No entendía su idioma. Ellas tampoco entendían del todo el mío. Pero siempre había alguien que me sonreía. Y yo sonreía de vuelta.
Muchos años después comprendí que, sin saberlo, allí comenzó mi interés por comprender a personas que vivían entre dos mundos.
Nací en Melilla, aunque fui inscrita en Nador. Mi madre había nacido y vivido siempre en Melilla, pero cuando yo nací todavía no tenía la nacionalidad española. La obtuvo años después. Mi padre sí la tenía, y gracias a él también la obtuve yo cuando tenía 14 años. Así que fui inmigrante en un país en el que hacía muchísimos años mis dos abuelos habían emigrado.
Desde el principio de mi vida convivieron dos realidades que nunca entendí como opuestas, aunque otras personas sí las vieran así.
Mi familia paterna y materna compartía unas mismas raíces amazighes en aquella aldea del Rif. Con el tiempo también conocí la historia de una parte de mis antepasados: una familia de origen andalusí cuya memoria había atravesado generaciones hasta llegar a nosotros. Esa historia despertó en mí un interés profundo por comprender de dónde venimos y cómo las migraciones dejan huellas que permanecen durante siglos.
Pero, cuando era niña, yo no pensaba en la historia. Pensaba en pertenecer.
Durante muchos años sentí que nunca terminaba de encajar. Cuando iba a Marruecos, algunos niños me llamaban «la española» y me decían que volviera a mi país. En Gran Canaria, algunas compañeras de colegio me contaban que sus padres no las dejaban ir a celebrar mi cumpleaños a mi casa porque les daba miedo, porque éramos «moros».
Aquellas palabras me entristecían. No entendía cómo podía ser extranjera en los dos lugares que también sentía como míos.
Durante mucho tiempo pensé que vivir entre dos culturas significaba quedarse siempre en medio. Como si hubiera que elegir una.
Cuando tenía catorce años, un amigo de mi madre me dijo una frase que nunca olvidé: «Soraya, eres afortunada. Tienes dos gafas para ver la vida. Eso muy pocas personas lo tienen.»
Entonces no comprendí lo que quería decir. Necesité muchos años para hacerlo.
Con el tiempo inicié un profundo proceso de autoconocimiento. No ocurrió de un día para otro. Fue un camino largo, lleno de preguntas, de lecturas, de experiencias y de momentos en los que tuve que revisar muchas ideas que había dado por ciertas.
Fue alrededor de los cuarenta años cuando algo cambió. Comprendí que durante demasiado tiempo había mirado mi historia como una división. Y descubrí que, en realidad, era una riqueza.
No tenía que elegir entre una parte de mí y la otra. Podía ser ambas. Podía comprender códigos culturales diferentes, escuchar perspectivas distintas y encontrar puntos de encuentro donde otras personas solo veían distancia. Aquellas dos gafas de las que me habían hablado tantos años antes empezaron, por fin, a tener sentido.
Hoy, cuando recuerdo a aquella adolescente sentada en silencio entre mujeres que hablaban un idioma que no entendía, ya no siento la incomodidad que sentía entonces. Siento gratitud. Comprendo que estaba viviendo un momento irrepetible.
Si pudiera volver a encontrarme con ella, solo le diría una cosa: «Estás viviendo un momento y una oportunidad únicos que nunca volverán a repetirse. Abrázalos y acógelos.»
Con los años he llegado a una conclusión que me acompaña siempre. Las personas que vivimos entre dos culturas solemos escuchar que debemos elegir una identidad, una lengua o una forma de entender el mundo. Mi experiencia ha sido distinta. He aprendido que vivir entre dos culturas puede convertirse en un privilegio cuando dejamos de verlo como una contradicción.
No porque una cultura sea mejor que otra. Sino porque mirar desde las dos orillas permite comprender matices que, de otro modo, quizá pasarían desapercibidos.
Los puentes existen precisamente porque hay dos orillas. Y quienes hemos crecido caminando entre ellas tenemos la oportunidad —y también la responsabilidad— de ayudar a que otras personas puedan encontrarse en el centro.
Ese es, para mí, el verdadero significado de vivir entre dos culturas. No vivir dividido. Sino aprender a construir puentes.
Una mirada para seguir construyendo puentes
En Ubuntu Canarias creemos que escuchar historias como la de Soraya nos ayuda a comprender que crecer entre dos culturas no es vivir dividido, sino tener la oportunidad de mirar el mundo con dos gafas distintas.
Su testimonio refleja un aprendizaje que atraviesa toda una vida: dejar de ver la propia historia como una división para descubrir en ella una riqueza, y convertir esa doble mirada en un puente que ayuda a otras personas a encontrarse.
Escuchar estas voces nos invita a mirar la migración y la identidad desde una perspectiva más humana, basada en el respeto, el conocimiento mutuo y la convivencia intercultural.
Nota editorial. Este testimonio ha sido publicado con la autorización de su autora, Soraya Mohamedi Mohamed, presidenta de Ubuntu Canarias. El contenido refleja exclusivamente la experiencia y las opiniones personales de quien lo firma.

Tu historia también merece ser escuchada.
Cada experiencia aporta una mirada única sobre el mundo. En Voces del Mundo queremos seguir construyendo un espacio donde las personas puedan compartir sus historias, sus culturas y sus aprendizajes para acercarnos unos a otros.